1) El argumento fundamental de la
Filosofía perenne es que los seres humanos estamos constituídos por la
llamada Gran Cadena del Ser, es decir, somos: materia, cuerpo, mente,
alma y espíritu.
2) Por eso es extraordinariamente importante
determinar el nivel, o niveles
(físico,
emocional, mental o espiritual) en donde se origina la
enfermedad.
3) Para el tratamiento principal (aunque no
necesariamente exclusivo) de una determinada enfermedad resulta de
capital importancia utilizar un procedimiento congruente, con el “mismo
nivel” en el que el problema se manifiesta.
Es decir, intervenir físicamente en las
enfermedades físicas, utilizar la terapia emocional para los trastornos
emocionales, los métodos espirituales para las crisis espirituales,
etcétera. En el caso de haber descubierto la presencia de una
combinación de causa entonces también conviene desplegar una combinación
pertinente de tratamientos.
4) Esto es algo sumamente importante porque si te
equivocas en el diagnóstico y crees que el problemas se origina en un
nivel superior al que realmente tiene lugar creas culpabilidad y si lo
ubicas, en cambio, en un nivel inferior generas desesperación.
En ambos casos, el tratamiento será ineficaz y
tendrá el inconveniente adicional de agobiar al paciente con el
peso de la culpa o la desesperación que ocasiona un diagnóstico
equivocado.
Si una persona es atropella por un autobús y le
rompe una pierna, por ejemplo, nos encontraremos en presencia de
enfermedad física que requerirá, por tanto, de los remedios físicos
apropiados: volver a colocar el hueso en su lugar y enyesar la pierna;
lo cual sería una intervención del “mismo nivel”. Pero, en un caso así,
no resulta nada pertinente sentarse en medio de la calle y visualizar
que la pierna se rehabilita sola. Esta, sin embargo, es una técnica
propia del nivel mental, e ineficaz por tanto para resolver los
problemas de tipo físico. Si, además, quienes te rodean te censuran
diciendo que tus pensamientos fueron los que terminaron provocando ese
accidente y que deberías ser capaz de solucionar el problema de la
pierna recurriendo exclusivamente a tus pensamientos, lo único que
ocurrirá es que te sentirás culpable, te harás reproches y perderás
autoestima.Esa sería una manera sumamente inadecuada de mezclar niveles
y tratamientos.
Por el contrario, la falta de autoestima debido a
ciertos guiones interiorizados en la infancia que afirman que eres malo
o incompetente, constituye un problema propio del nivel mental que exige
una intervención adecuada al nivel mental, como la visualización o las
afirmaciones, por ejemplo (una intervención, en definitiva, que se ocupa
de reescribir los guiones personales, cosa de la que se ocupa, por
ejemplo, la terapia cognitiva). En tal caso, recurrir a intervenciones
propias del nivel físico (como tomar megavitaminas o cambiar la dieta
alimenticia, por ejemplo) no resultará muy eficaz (a menos que padezcas
también un desequilibrio vitamínico que agrave el problema). Pero si
sólo utilizas recursos físicos, terminarás desesperándote porque el
nivel del tratamiento que habrás elegido es simplemente inadecuado para
tratar ese problema.
Así pues, el planteamiento general ante cualquier
enfermedad debería comenzar tratando de determinar el nivel en el que se
presentan la anomalías y procediendo desde abajo hacia arriba. Quiero
decir que: primero habría que buscar las posibles causas físicas; luego
habría que pasar a las posibles causas emocionales, después a las causas
mentales y por último, habría también que pasar revista a las posibles
causas espirituales.
Es muy importante
que procedamos así porque hoy en día sabemos que muchas enfermedades
cuyo origen se achacaban antiguamente a causas exclusivamente
espirituales o psicológicas dependen de factores físicos o
genéticos.
Antiguamente, por ejemplo, se creía que el asma
se debía a una “madre asfixiante”, pero, hoy en día, se sabe que su
origen y su aparición obedecen, en gran medida, a causas biofísicas.
Algo parecido ocurre en el caso de la tuberculosis (que se explicaba
como la consecuencia de una “personalidad destructiva”), o la gota ( el
fruto de la debilidad moral) por ejemplo, así como la profusa creencia
en una “personalidad propensa a la artritis” tampoco superó la prueba
del tiempo. En cualquier caso, hay que ser muy conscientes de que todas
estas interpretaciones no hacen más que generar culpabilidad en quienes
padecen la enfermedad y que los tratamientos, por su parte, no funcionan
en absoluto porque corresponden a un nivel inadecuado.
Con todo esto no quiero decir que los
tratamientos propios de otros niveles no puedan ser muy importantes como
factores auxiliares o coadyudantes porque está muy claro que
complementariamente también pueden ser útiles. En el caso sencillo de la
fractura de pierna, por ejemplo, las técnicas de relajación,
visualización, las afirmaciones, la meditación y la psicoterapia,
pueden, en caso necesario, ayudar a crear un ambiente más equilibrado en
el que la curación física podrá producirse con mayor fácil y
rapidez.
Una persona aquejada de una enfermedad grave
puede beneficiarse de estas técnicas y experimentar cambios muy
profundos, pero de eso a decir que contrajo la enfermedad por que
requería de esos cambios es un absurdo. Eso sería los mismo que
argumentar que, dado que la aspirina hace descender la fiebre, la fiebre
se debe a una carencia de aspirina. Ahora bien, la mayor parte de las
enfermedades no se originan en un nivel concreto y definido. Además,
todo lo que ocurre en un determinado nivel o dimensión de la persona
afecta, en mayor o menor medida, a todos los demás niveles.
Según la teoría de los sistemas, cuando un nivel
inferior provoca efectos en los niveles superiores se habla de
“causalidad ascendente” y cuando un nivel superior tiene efectos o
influye sobre los niveles inferiores se habla, por el contrario, de
“causalidad descendente”.Por consiguiente, la cuestión es:
¿cuánta causalidad descendente ejerce la
mente (nuestros pensamientos y nuestras emociones) en la enfermedad
física?Y la respuesta parece ser:
“Mucha más de la que anteriormente se pensaba pero mucho
menos
de la que piensan los
teóricos de la New Age”.
La nueva escuela de la Psiconeuroinmunología
(PNI) ha encontrado evidencia convincente de que nuestros pensamientos y
nuestras emociones influyen directamente en el sistema inmunológico. El
efecto no es grande pero resulta claramente discernible. Esto, por
supuesto, es lo que cabía esperar del axioma de que cada nivel, afecta a
todos los demás aunque en un grado limitado. Pero la medicina empezó
siendo una ciencia propia del nivel físico e ignoró la influencia de los
niveles superiores en la génesis de una enfermedad física (“el fantasma
en la máquina”). La PNI, por su parte, ha aportado el correctivo
necesario, ofreciendo una visión más equilibrada. La mente puede afectar
al cuerpo en un grado limitado pero no, por ello, insignificante.
En este sentido se ha descubierto que la
imaginación y la visualización tal vez sean los ingredientes más
importantes de la influencia (limitada pero no, por ello,
insignificante) que la mente ejerce sobre el cuerpo y el sistema
inmunológico ¿Pero por qué las imágenes? Si consideramos una versión
ampliada de la Gran Cadena de ser (materia, sensación, percepción,
impulso, imagen, símbolo, concepto, etcétera) podremos observar que las
imágenes constituyen el nivel inferior ( y, por consiguiente, más
primitivo de la mente), un estrato que se halla, por lo tanto, en
contacto directo con las facetas superiores del cuerpo. En otras
palabras, la imagen es el vínculo que conecta directamente a la mente
con el cuerpo (con sus humores, sus impulsos, su bioenergía, etcétera).
Así pues, nuestros pensamientos y conceptos superiores se pueden
traducir hacia abajo en forma de imágenes sencillas y parece que estas
imágenes ejercen una influencia limitada pero apreciable e inmediata
sobre los sistemas corporales (por vía del afecto o del impulso, el
siguiente estrato descendente).
A la vista de todo esto, parece que el estado
psicológico desempeña un papel en toda enfermedad y estoy completamente
de acuerdo en que ese componente debería aprovecharse al máximo, ya que,
en una situación crítica, puede resultar decisivo para inclinar la
balanza hacia el lado de la salud.
Pero esperar ese resultado en casos no tan
evidentes constituye una flagrante ignorancia.
Por lo tanto, como escriben Steven Locke y Douglas
Colligan en The healer within, toda enfermedad tiene un componente
psicológico y, por consiguiente, los factores psicológicos no deberían
desatenderse en ningún proceso curativo. Pero, prosiguen los autores, el
problema es que la gente ha confundido el término psicosomático (que
significa que un proceso de enfermedad físico puede verse afectado por
factores psicológicos) con el de psicógeno (que significa que la
enfermedad se debe exclusivamente a factores psicológicos).
Los autores afirman: “En un sentido estricto,
bien podría decirse que toda enfermedad es psicosomática. Quizá haya
llegado ya el momento de renunciar por completo al término
“psicosomático”. Porque tanto al público como algunos médicos están
utilizando el término psicosomático (que significa que la mente puede
influir sobre la salud corporal) como un sinónimo de psicógénico (que
significa que la mente puede provocar enfermedades en el cuerpo).Pero de
este modo se pierde el verdadero significado de la enfermedad
psicosomática.
Como sugiere Robert Ader: “No estamos hablando de
la causa de la enfermedad sino de la interacción entre sucesos
psicológicos, las habilidades de enfrentamiento y las condiciones
biológicas preexistentes”.
Los mismos autores mencionan la existencia de
otros factores, como la herencia, el estilo de vida, las drogas, la
ubicación geográfica, la profesión, la edad y la personalidad. Es la
interacción entre todos ellos ( a los que yo añadiría también los
existenciales y espirituales) lo que parece influir en el origen y
el desarrollo de una determinada enfermedad física. Aislar uno de
ellos e ignorar a los demás constituye, pues, un exceso de
simplificación que carece de sentido.
Entonces ¿de dónde proviene la idea “ Nueva Era”
de que la mente, por sí sola, provoca y cura todo tipo de enfermedades
físicas). Pues bien, después de todo, sus propagadores afirman que se
asienta firmemente en las grandes tradiciones místicas y espirituales de
todo el mundo. Pero aquí, en mi opinión, pisan un terreno muy
resbaladizo. Según Jeanne Achterberg, autora de Imagery in healing (un
libro que recomiendo encarecidamente ), el origen de esa noción se
remonta históricamente a las escuelas del Nuevo Pensamiento, o del
Pensamiento Metafísico, que se desarrollaron a partir de una lectura
(distorsionada de Emerson y Thoreau de Nueva Inglaterra) quienes
basaron gran parte de su obra en el misticismo oriental.
Pero este tipo de escuelas, entre las cuales cabe
destacar a la Ciencia Cristiana, parecen confundir el acertado concepto
de que “La Divinidad lo crea todo” con la noción errónea de
que
“Como soy uno con Dios, yo lo creo
todo”. Esta postura, comete dos errores con respecto a los cuales creo
que hubieran discrepado decididamente tanto Emerson cono Thoreau. Por
una parte, que Dios es un padre que interviene en su creación, en lugar
de su Realidad, Mismidad o Condición y, por la otra, que tu ego es uno
con ese Dios padre y que, por consiguiente, puede intervenir y manipular
el universo que le rodea. Pero en las tradiciones místicas no he
encontrado absolutamente nada que permita sostener tales
afirmaciones.
En mi opinión, pues, ni la versión primitiva del
karma ni las enseñanzas más evolucionadas prestan el menor apoyo a estos
conceptos tan barajados por la “Nueva Era”.Entonces ¿de dónde proviene
esa noción?. A partir de ese punto expondré mi propia teoría sobre el
origen de este tipo de creencias. No voy a relacionarme compasivamente
con el sufrimiento causado por esas nociones sino que voy a intentar
encasillarlas, clasificarlas y elaborar teorías sobre ellas, porque
pienso que algunas de ellas son peligrosas y deben ser atajas a tiempo,
aunque sólo sea para evitar que sigan ocasionando más
sufrimiento.
Quiero aclarar que mis comentarios no van
dirigidos a esa gran mayoría de personas que cree de manera inocente,
ingenua e inocua en esas ideas, sino más bien a los líderes de este
movimiento: individuos que imparten seminarios sobre crear tu propia
realidad, que organizan talleres en los que se enseña por ejemplo, que
el cáncer es una consecuencia exclusiva del resentimiento; que la
pobreza es obra tuya y la opresión algo que tú mismo construyes a tu
alrededor. No dudo de las buenas intenciones de esas personas pero, en
mi opinión, son peligrosos porque desvían la atención de ciertos niveles
reales (como el físico, ambiental, legal, moral y socioeconómico, por
ejemplo, en los que tanto trabajo debe realizarse todavía
En mi opinión, este tipo de creencias revisten
las características inconfundibles de una visión mágica e infantil del
mundo propia de los trastornos de la personalidad narcisista, entre los
cuales se debe destacar la grandiosidad, la omnipotencia y el
narcisismo. La idea de que los pensamientos no sólo influyen en la
realidad sino que la crean son el corolario directo, a mi parecer, de la
diferenciación incompleta de las fronteras del ego. En tal caso, los
pensamientos y los objetos no están claramente diferenciados y, por
consiguiente, desde ese punto de vista, manipular el pensamiento
constituye una manera omnipotente y mágica de manipular el
objeto.
Creo que la cultura hiperindividualista de
Norteamérica (que alcanzó su cenit en la “década del yo”) fomentó la
regresión a los niveles mágicos y narcisistas. Creo también (con Robert
Bellah y Dick Anthony) que la aparición de estructuras sociales más
cohesivas hizo que la gente volviera a sus propios recursos, lo
cual también ayudó a reactivar las tendencias narcisistas.
Pero no debería entenderse con todo esto que
estoy condenando globalmente a todo el movimiento “Nueva Era”. Después
de todo se trata de una bestia multicéfala y posee aspectos (como
la importancia de la intuición y la existencia de conciencia universal)
que se basan en principios genuinamente místicos y transpersonales. Lo
único que ocurre es que cualquier movimiento auténticamente
transpersonal siempre congrega a su alrededor a un gran número de
elementos prepersonales, simplemente porque ambos no son personales. Y
es precisamente esta confusión, en mi opinión, entre el “pre” y el
“trans”, la que constituye uno de los problemas fundamentales del
movimiento de la “Nueva
Era”. Veamos un ejemplo
concreto basado en la investigación empírica. Durante las revueltas de
Berkeley en protesta contra la guerra de Vietnam, un equipo de
investigadores sometió a una muestra representativa de estudiantes al
test de desarrollo moral de Kohlberg. De hecho, los estudiantes
objetaron a la guerra su inmoralidad, pero ¿desde que nivel de
desarrollo moral actuaban los estudiantes?.
El resultado de la investigación concluyó que
sólo un pequeño porcentaje de
los
estudiantes (alrededor del 20%) actuaban realmente desde las etapas
postconvencionales (o transconvencionales), es decir, que sus objeciones
no se basaban en las normas de ninguna sociedad concreta ni en un simple
capricho personal sino en principios universales sobre el bien y el mal.
Así pues, sus creencias sobre la guerra podían ser exactas o no pero su
razonamiento moral se hallaba muy evolucionado.
La mayoría, sin embargo, de los protagonistas de
la protesta (en torno al 80%) resultaron estar en la fase
preconvencional, lo cual significa que su razonamiento moral se basaba
en motivos personales fundamentalmente egoístas. Su rechazo a la guerra
no se basaba en que fuera inmoral ni en que les preocupara realmente el
pueblo vietnamita sino en que no querían que nadie les dijera lo que
tenían que hacer. Sus motivos, por consiguiente, no eran universales ni
sociales sino puramente egoístas. Y como era de esperar, apenas si
había estudiantes que se hallaran en el nivel convencional (el nivel de
“mi país, con razón o sin ella”), ya que este tipo de estudiantes no
tenían motivo alguno para protestar.
El estudio, en otras palabras, concluía que un
reducido número de estudiante verdaderamente post o transracionales
congregó a su alrededor a un gran número de tipos preconvencionales
sobre la base de que ambos grupos no eran convencionales.
Del mismo modo, creo que, en el movimiento de la
“Nueva Era”, un pequeño porcentaje de elementos y principios
auténticamente místicos, transpersonales o transracionales ha atraído a
un número enorme de elementos prepersonales, mágicos y preracionales ,
simplemente porque ambos no son racionales, no convencionales y no
ortodoxos.
Son estos elementos
prepersonales y prerracionales, los que afirman, como lo hacían los
estudiantes preconvencionales, que cuentan con la autoridad y el
respaldo de una condición “superior”, cuando me temo que lo único
que están haciendo sea justificar racionalmente una actitud meramente
ombliguista. Como señala Jack Engler, se sienten atraídos por el
misticismo transpersonal como una forma de racionalizar sus
inclinaciones prepersonales. La clásica falacia “pre/trans”.
Coincido también con William Irwin Thompson en
que un 20% del movimiento “Nueva Era” es traspersonal (trascendental y
auténticamente místico) y un 80% es prepersonal (mágico y narcisista).
Una manera sencilla de reconocer a los elementos transpersonales es que
no les suele gustar que les califiquen de “Nueva Era”, ya que no tienen
nada de “nuevo”, sino que su punto de vista es, por el contrario,
perenne.
En el campo de la psicología transpersonal nos
vemos obligados a diferenciarnos continuamente (obviamente de la manera
más delicada y amable posible) de todo tipo de tendencia prepersonales,
porque confieren a todo el campo una reputación “inconsistente y “boba”.
No estamos en contra de las creencias prepersonales, lo único que ocurre
es que tenemos dificultades en admitir esas creencias como si fueran
transpersonales.
Nuestro amigos “inconsistentes” se ponen furiosos
con nosotros porque suelen pensar que sólo hay dos actitudes en el
mundo: la racional y la no racional y consideran, en consecuencia con su
forma de pensar, que deberíamos unirnos a ellos en contra el campo
racionalista. Pero en realidad, no existen dos sino tres actitudes
diferentes: la prerracional, la racional y la transracional;y de hecho
los Psicólogos trasnpersonales nos hallamos más cerca de los
racionalistas que de los prerracionalistas. No
hay que olvidar que: “ los niveles superiores trascienden pero incluyen
a los inferiores”
que el espíritu es
translógico, no antilógico y que no se limita a rechazar a la lógica
sino que la adopta y va más allá de ella.
Cualquier principio transpersonal debe superar la
prueba de la lógica y entonces ( y solo entonces) trascenderla con sus
propias intuiciones adicionales. Me temo, pues, que algunas de las
tendencias “inconcientes” de nuestro entorno no se hallen más allá de la
lógica sino, por el contrario, más acá de ella.
Lo que nosotros estamos intentando hacer es
separar los elementos auténticos, universales y “verificados en el
laboratorio” del desarrollo místico, de aquellas otras tendencias más
singulares, mágicas y narcisistas. Se trata de una tarea difícil y llena
de trampas y no siempre la llevamos a cabo de la manera correcta. Los
líderes en este campo son Jack Engler, Daniel Brwn, roger Wals, William
Irwin Thompson y Jeremy Hayward.
*Tomado del libro “Gracia y Coraje” de Kent y Treya
Wilber.