La Filosofía Perenne es esa visión del
mundo que comparten la mayor parte de los principales maestros
espirituales, filósofos, pensadores e incluso científicos del mundo
entero. Se la denomina “perenne” o “universal” porque aparece
implícitamente en todas las culturas del planeta y en todas las épocas.
Los mismo lo encontramos en India, México, China, Japón y Mesopotamia,
que en Egipto, el Tíbet, Alemania o Grecia. Y dondequiera que la
hallamos presenta siempre los mismos rasgos fundamentales: es un acuerdo
universal en lo esencial.
Para nosotros, los hombres contemporáneos, que
somos prácticamente incapaces de ponernos de acuerdo en nada, esto es
algo que se nos hace difícil de creer. Como lo resumió Alan Watts:
“Apenas somos conscientes de la extraordinaria singularidad de nuestra
propia postura, de modo que nos resulta muy difícil de admitir el hecho
evidente de que haya existido un consenso filosófico único, de
amplitud universal, que ha sido sostenido por muchos (hombres y mujeres)
que han compartido las mismas experiencias y han transmitido
esencialmente la mismas enseñanzas, hoy o hace seis mil años, y desde
Nuevo México en el Lejano Oeste hasta Japón en el Lejano Oriente.
Esto es realmente muy notable. Creo que estas
verdades de naturaleza universal constituyen fundamentalmente el legado
de la experiencia universal del conjunto de la humanidad, que en todo
tiempo y lugar ha llegado a un acuerdo sobre ciertas profundas verdades
referidas a la condición humana y sobre cómo acceder a lo Trascendente
Esta es una forma de describir lo que es la Philosophia
perennis.
TKW: Dices que la filosofía perenne es
esencialmente la misma en culturas muy diversas. Pero modernamente se
afirma que es el lenguaje y la cultura lo que modela todo nuestro
conocimiento. En caso de ser esto cierto, y dado que las diversas
culturas y lenguajes son muy diferentes entre si, cabría la posibilidad
de que apareciera alguna verdad universal o colectiva sobre la condición
humana. Desde este punto de vista no existe una condición humana, como
tal, sino tan sólo historia humana; y esa historia es muy diferente en
cada caso ¿Qué opinas respecto de toda esta noción de relatividad
cultural?
KW: Hay mucha verdad en ello. Existen , sin duda,
una diversidad de culturas que poseen un diferente “conocimiento local”,
y la investigación de esas diferencias constituye un actividad muy
interesante. Pero si bien es cierta la existencia de una relatividad
cultural, ello no es toda la verdad.
Además de las diferencias culturales evidentes,
como son el tipo de alimentación, las estructuras lingüísticas o las
costumbres de apareamiento, por ejemplo, existen también muchos otros
fenómenos en la existencia humana que son, en gran medida, universales o
colectivos. El cuerpo humano, tiene por ejemplo doscientos ocho huesos,
un corazón y dos riñones, tanto si se trata de un habitante de New York
como de Mozambique, y tanto hoy día como hace miles de años. Estas
características universales constituyen lo que se denomina “estructuras
profundas” porque son esencialmente las mismas en todas partes.
Sin embargo, para que las diversas culturas
utilicen esas estructuras profundas de maneras muy diversas, como los
chinos que vendaban los pies de sus mujeres o los de Ubangi que
estiraban sus labios, o bien el uso de tatuajes y de prendas de verter,
los juegos, el sexo y el parto, todo lo cual varía considerablemente de
una cultura a otra. Todas estas variables reciben el nombre de “
estructuras superficiales”, porque son locales en vez de
universales.
Esto mismo ocurre también en el ámbito de la
mente humana. La mente humana posee estructuras superficiales que varían
entre las distintas culturas, y estructuras profundas que permanecen
esencialmente idénticas independientemente de la cultura considerada.
Aparezca donde aparezca, la mente humana tiene la capacidad de formar
imágenes, símbolos, conceptos y reglas. Las imágenes y símbolos
particulares pueden variar de una cultura a otra, pero lo cierto es que
la capacidad de formar esas estructuras mentales y lingüísticas- y las
propias estructuras en si- es esencialmente las misma en todas partes.
Del mismo modo que el cuerpo humano produce pelo, la mente humana
produce símbolos. Las estructuras mentales superficiales varían
considerablemente entre sí, pero las estructuras mentales profundas son,
por su parte, extraordinariamente similares.
Ahora bien, al igual que el cuerpo humano produce
universalmente pelo y que la mente produce universalmente ideas,
el espíritu humano también produce universalmente intuiciones sobre lo
Divino. Y esas intuiciones y vislumbres configuran el núcleo de las
grandes tradiciones espirituales del mundo entero. Y una vez más, aunque
las estructuras superficiales de las grandes tradiciones de sabiduría
sean, desde luego, muy diferentes entre si, sus estructuras profundas,
por el contrario, son muy similares y algunas veces idénticas.
La filosofía perenne se ocupa fundamentalmente
de las estructuras profundas del encuentro humano con lo Divino. Porque
aquellas verdades sobre las cuales los hindúes, los cristianos, los
budistas, los taoístas y los sufíes se hallan en completo acuerdo,
suelen referirse a algo profundamente importante, algo que nos
habla de verdades universales y de significados últimos, algo que toca
la esencia fundamental de la condición humana.
TKW: A primera vista, resulta difícil ver en que
podrían estar de acuerdo el budismo y el cristianismo. ¿Cuáles son,
pues, los principios fundamentales de la filosofía perenne? ¿Podrías
postular sus tópicos fundamentales? ¿Cuántas son esas verdades profundas
y esos puntos de acuerdo fundamentales?
KW: Son muchos, pero veamos los siete que
considero más importantes.
1º- el
espíritu existe.
2º- el espíritu
está dentro de nosotros.
3º- a pesar de
ello, la mayor parte de nosotros vivimos en un mundo de ignorancia,
separación y dualidad, en un estado de caída ilusorio, y no nos
percatamos de ese Espíritu interno.
4º- hay una salida para ese estado de caída, de error o de
ilusión; hay un Camino que conduce a la liberación.
5º- si seguimos ese camino hasta el final llegaremos a un
Renacimiento, a una Liberación Suprema.
6º- esa experiencia marca el final de la ignorancia básica
y el sufrimiento.
7º- el final del
sufrimiento conduce a una acción social amorosa y compasiva hacia todos
los seres sensibles.
TKW: ¡Has dicho muchas cosas! Vayamos paso a
paso. Dices que el espíritu existe.
KW: El Espíritu existe, Dios existe, existe una
Realidad Suprema, ya sea que se le de el nombre de Brahman, Dharmakaya,
Yahwel, Atón, Kether, Tao, Allah, Shiva, : “Muchos son los nombres que
recibe lo Uno”.
TKW: Pero ¿Cómo sabes que el Espíritu existe? Los
místicos dicen que existe pero ¿en que basan esa afirmación?
KW: En la experiencia directa. Sus afirmaciones
no se basan en meras creencias, ideas, teorías o dogmas, sino en la
experiencia directa, en la experiencia espiritual Real.
Esto es lo que diferencia a los verdaderos místicos de los
religiosos dogmáticos.
TKW: Pero ¿qué hay del argumento de la
experiencia mística no es un conocimiento válido porque es
inefable y por consiguiente incomunicable?.
KW: Ciertamente la experiencia mística es
inefable y no puede traducirse enteramente en palabras, pero lo mismo
ocurre con cualquier otra experiencia, ya se trate de una puesta de sol,
el sabor de un trozo de tarta o la armonía de una fuga de Bach.
En cualquiera de estos casos debemos haber tenido
la experiencia real para saber de que se trata. Pero no por ello se debe
concluir que la puesta de sol, la tarta o la música no existen o son
experiencias no válidas. Además, aunque la experiencia mística sea, en
gran medida, inefable, puede ser comunicada o transmitida. Así, por
ejemplo, de la misma manera que la danza se puede enseñar aunque no se
pueda transmitir con palabras, también es posible aprender una
determinada práctica espiritual bajo la tutela de un determinado maestro
espiritual.
TKW: Pero esa experiencia mística que tan
verdadera le parece al místico bien podría estar equivocada. Los
místicos pueden afirmar que están fundiéndose con Dios pero ésa no es
ninguna garantía de que lo que dicen es lo que ocurre en realidad.
Ningún conocimiento es absolutamente seguro.
KW: Estoy de acuerdo en que la experiencia
mística no es más cierta que cualquier otra experiencia directa. Pero
ese argumento, lejos de echar por tierra las afirmaciones de los
místicos, los eleva, en realidad, al mismo estatus que yo
definitivamente acepto. En otras palabras, el mismo argumento que
se puede aducir en contra del conocimiento místico puede aplicarse, en
realidad, a cualquier otra forma de conocimiento basado en la
experiencia evidente, incluida la experiencia empírica. Creo que estoy
mirando la luna, pero bien pudiera estar errado; los físicos creen en la
existencia de los electrones, pero podrían estar equivocados; los
críticos consideran que Hamlet fue escrito por un personaje histórico
llamado Shakespeare, pero podrían estar en un error, etc.
¿Cómo podemos estar seguros de la veracidad de
nuestras afirmaciones?
Mediante más
experiencias.
Pues bien, eso es
precisamente lo que han estado haciendo históricamente los místicos a lo
largo de décadas, siglos y milenios: comprobar y refinar sus
experiencias, un récord de constancia histórica que hace palidecer
incluso a la ciencia moderna. El hecho de que este argumento, lejos de
echar por tierra las afirmaciones de los místicos, lo que hace es
conferirles de una manera sumamente adecuada – a mi juicio- el
estatus de auténticos expertos e informados sobre su especialidad y, por
consiguiente, los únicos verdaderamente capacitados para establecer
aseveraciones al respecto.
TKW: Muy bien. Pero a menudo he escuchado que la
visión mística bien podría tratarse de una patología esquizofrénica
¿Cómo contestarías a esa acusación?
KW: No creo que nadie ponga en duda que ciertos
místicos presentan rasgos
esquizofrénicos
y aun que haya esquizofrénicos que experimentan intuiciones místicas.
Pero desconozco a cualquier autoridad en la materia que crea que las
experiencias místicas son básicas y primordialmente alucinaciones
esquizofrénicas.
Está claro que también conozco a muchas personas
no cualificadas que así lo piensan, y que resultaría difícil
convencerlas de lo contrario en el breve espacio de este entrevista.
Diré, tan solo, que las prácticas espirituales y contemplativas
utilizadas por los místicos- como la oración contemplativa o la
meditación- pueden ser muy poderosas pero no lo suficiente como para
atraer a un montón de hombres y mujeres normales, sanos y adultos y, en
el curso de unos pocos años, convertirlos en esquizofrénicos delirantes.
El Maestro de Zen Hakuin transmitió su enseñanza a ochenta y tres
discípulos que se encargaron de revitalizar y organizar el Zen japonés.
Ochenta y tres esquizofrénicos alucinados no podrían ponerse de acuerdo
ni siquiera para ir al baño...¿Qué habría pasado con el Zen japonés si
éste hubiera sido el caso?
TKW: (Risas) Una última objeción ¿No es acaso
posible que la noción de “ser uno con el espíritu” no sea más que un
mecanismo de defensa regresivo para proteger a una persona contra el
pánico ante la muerte y lo impermanente?
KW: Si la “unidad con el Espíritu”
fuese simplemente algo más en lo que uno cree y se tratara, por lo
tanto, de una idea o una esperanza, entonces ciertamente suele
formar parte de la “proyección de inmortalidad” de una persona, es
decir, de un sistema de defensa diseñado- como he intentado explicar en
mis libros “Después del Eden” y “Un Dios sociable”- para protegerse
mágica o regresivamente de la muerte bajo la promesa de una prolongación
o continuación de la vida.
Pero la
experiencia de unidad atemporal con el Espíritu no es una idea o un
deseo; es una aprehensión directa. Y sólo podemos considerar esa
experiencia directa de tres maneras diferentes:
-afirmar que se trata de una alucinación, a lo cual acabo
de responder;
-asegurar que es un error,
cosa que también he rebatido,
-o
aceptarla como lo que dice ser: una experiencia directa de nuestro Ser
Espíritual.
TKW: Por lo que dices, el misticismo genuino, a
diferencia de la religión dogmática, es científico, porque se basa en la
evidencia y la comprobación experimental directa ¿Es así?
KW: efectivamente. Los místicos te piden que no
creas absolutamente en nada y te ofrecen un conjunto de experimentos
para que los verifiques en tu propia conciencia.
El laboratorio del místico es su propia mente y el
experimento es la meditación.
Tu mismo
puedes verificar y comparar los resultados de tu experiencia con los
resultados de otros que también hayan llevado a cabo el mismo
experimento.
A partir de ese conjunto de conocimiento
experimental, consensualmente validado, llegas a ciertas leyes del
espíritu, o a ciertas “ verdades profundas” si prefieres llamarlo
así.
TKW: Y esto nos lleva de nuevo a la
filosofía perenne, a la filosofía mística y a sus siete grandes
principios. El segundo principio era: el espíritu está dentro de
ti.
KW: El espíritu está dentro de ti, hay todo
un universo en tu interior. El asombroso mensaje de los místicos es que
en el centro mismo de tu ser, tú vives la divinidad. Estrictamente
hablando Dios no está dentro ni fuera- ya que el Espíritu trasciende
toda dualidad- pero uno lo descubre buscando fuertemente adentro,
hasta que ese “adentro” termina convirtiéndose en “más allá”. El
Chandogya Upanishad nos ofrece la formulación más conocida de esta
verdad inmortal cuando dice.
“En la misma
esencia de tu ser no percibes la Verdad, pero en realidad está
ahí.
En eso, que es la esencia sutil de
tu propio ser, todo lo que existe Es.
Esa
esencia invisible es el Espíritu del universo entero.
Eso es lo Verdadero, eso es el Ser. ¿Y tú ? Eso eres
tú”.
Tat Tuam Asi, tú eres Eso. Es
innecesario decir que el “tú” que es “Eso”, el tú que es Dios, no es tu
identidad individual y separada, el ego, ésta o aquella identidad, el
Sr. o la Sra. de Tal. De hecho, el yo individual o ego es
precisamente lo que impide que tomemos conciencia de tu Identidad
Suprema.
Ese “tú”, por el contrario, es nuestra esencia
más profunda, o si lo preferimos, nuestro aspecto más elevado, la
esencia sutil- como lo describe el Upanishad- que trasciende nuestro ego
mortal y participa directamente de lo Divino. En el judaísmo se le llama
el Ruach, el espíritu divino y supraindividualidad que se halla en cada
uno de nosotros, y que se diferencia del nefesh, el ego
individual.
En el cristianismo, por su
parte, es el pneuma, el espíritu que mora en nosotros y que es de la
misma naturaleza que Dios, y no la psique o alma individual que, en el
mejor de los casos, solo puede adorar a Dios. Como dijo Coomaraswamy, la
distinción entre el espíritu inmortal y eterno de una persona y su alma
individual y mortal (el ego) constituye un principio fundamental de la
filosofía perenne.
TKW: San Pablo dijo: “Vivo. Pero no soy yo, sino
Cristo, quien vive en mi”. ¿Estás diciendo que San Pablo descubrió su
verdadera Identidad, que era uno con Cristo y que éste sustituyó a su
antiguo y pequeño ego, su alma o psique individual?
KW: Así es. Tu Ruach o fundamento es la
Realidad Suprema, no tu nefesh, tu ego. Si crees que tu ego
individual es Dios estás evidentemente en un gran aprieto. De hecho,
estarías padeciendo una psicosis, una esquizofrenia paranoide. No es
eso, por cierto, lo que conciben los más grandes filósofos y sabios del
mundo.
TKW: Pero entonces ¿por qué no hay más gente que
sea consciente de eso? Si el espíritu está realmente en nuestro
interior ¿por qué no es evidente para todo el mundo?.
KW: Muy bien . Entremos ahora en el tercer punto.
Si realmente soy uno con Dios ¿por qué no me doy cuenta? Algo me está
separando del espíritu ¿Por qué esta Caída? ¿Cuál ha sido el
error?.
Las diferentes tradiciones dan
diferentes respuestas a este asunto, pero todas ellas concluyen
fundamentalmente en lo siguiente:
“no
puedo percibir mi Verdadera Identidad, mi unión con el Espíritu, porque
mi conciencia está obnubilada y obstruida por alguna actividad; aunque
recibe muchos nombres diferentes, es simplemente la actividad de
contraer y centrar la conciencia en mi yo individual, en mi ego
personal. Mi conciencia no se halla abierta, relajada y centrada en
Dios, sino cerrada, contraída y centrada en mí mismo. Y es precisamente
la identificación con esa contracción en mi mismo y la consiguiente
exclusión de todo lo demás lo que me impide encontrar o descubrir mi
identidad anterior, mi verdadera identidad con el Todo”. Mi naturaleza
individual “el hombre natural” ha caído y vive en en el error, separado
y alienado del Espíritu y del resto del mundo. Estoy separado y aislado
del mundo de “ahí afuera”, un mundo que percibo como si fuera
completamente externo, ajeno y hostil a mi propio ser. En cuanto a mi
propio ser en sí, desde luego que no parece ser uno con el Todo, con
todo lo que existe, uno con el Espíritu Infinito, sino que, por el
contrario, permanece encerrado y aprisionado dentro de las paredes
limitadoras de este cuerpo mortal.
TKW: Esta situación suele llamarse “dualismo” ¿no
es así?
KW: Así es. Me divido a mí mismo en un “sujeto”
separado del mundo de los “objetos” ubicados ahí fuera y, a partir de
ese dualismo original, sigo dividiendo el mundo en todo tipo de opuestos
en conflicto: placer y dolor, bien y mal, verdad y mentira, etc. Según
la filosofía perenne, la conciencia que se halla dominada por el
dualismo sujeto-objeto, no puede percibir la realidad tal como es, la
realidad en su totalidad, la realidad como Identidad Suprema. En otras
palabras: el error es la contracción de uno mismo, la sensación de
identidad separada, el ego. El error no descansa en algo que hace el
pequeño yo, sino en algo que es.
Y aún más: ese ser contraído, ese sujeto aislado
“aquí dentro”, al no reconocer su verdadera identidad con el Todo
experimenta una aguda sensación de carencia, de privación, de
fragmentación. En otras palabras: la sensación de estar separado, de ser
un individuo separado, da nacimiento al sufrimiento, da nacimiento a la
“caída”.
El sufrimiento no es algo que
ocurre al estar separado, sino que es algo inherente a esa condición.
“Pecado”, “sufrimiento” y “yo” no son sino diferentes nombres para un
mismo proceso que consiste en la contracción y fragmentación de la
conciencia.
Por eso es imposible rescatar
al ego del sufrimiento. Como dijo Gautama el Buda: para poner fin al
sufrimiento debes abandonar al pequeño yo o ego; pues ambas cosas nacen
y mueren al mismo tiempo.
TKW: Así que este mundo dualista es el mundo de
la caída y el pecado original, es la contracción del ser, la
autocontracción en cada uno de nosotros. ¿Y estás diciendo que no son
sólo los místicos orientales sino también los occidentales quienes
definen el pecado y el Infierno como algo inherente al estado de
identidad separada?
KW: Al yo separado y a su codicia, deseo y huída
carentes de amor. Si, desde luego. Es cierto que Oriente- y en especial
el budismo y el hinduismo- hacen mucho incapié en equiparar al
Infierno – o Samsara- con el ego separado e individualista. Pero en los
escritos de los místicos católicos, de los gnósticos, de los cuáqueros,
de los cabalistas y de los místicos islámicos también nos encontramos
con los mismos tópicos. Al respecto, mi escrito favorito pertenece al
extraordinario William Law, un místico cristiano inglés del siglo XVIII.
Te lo leeré “He aquí la verdad resumida. Todo pecado, toda muerte, toda
condenación y todo infierno no son sino el reino del yo, del ego. Las
diversas actividades del narcisismo, del amor propio y del egoísmo que
separan el alma de Dios y abocan a la muerte y al infierno eterno”. O
las palabras del sufí Abi l-Khayr:
“ No
hay Infierno sino individualidad, no hay Paraíso sino altruismo”.
También encontramos este mismo tipo de declaraciones entre los místicos
cristianos, como nos lo demuestra la afirmación de la Theología
germánica de que “ lo único que arde en el infierno es el ego”.
TKW: Sí, entiendo. Así que la trascendencia del
“pequeño yo” conduce al descubrimiento del “ gran Yo”.
KW: En efecto. En sánscrito, este “ pequeño yo” o
alma individual se denomina ahamkara, que significa “nudo” o
“contracción”; y es este ahamkara, esta contracción dualista o
egocéntrica de la conciencia, lo que constituye la raíz misma del estado
de caída.
Llegamos así al cuarto gran
principio de la filosofía perenne: hay una forma de superar la Caída,
una forma de cambiar este estado de cosas, una forma de desatar el nudo
de la ilusión y el error básico.
TKW: Tirar al tacho al ego individualista.
KW: (risas). Así es. Rendirse o morir a esa
sensación de ser una identidad separada, al pequeño yo, a la contracción
sobre uno mismo. Si queremos descubrir nuestra identidad con el Todo
debemos abandonar nuestra identificación errónea con el ego aislado.
Pero esta Caída se puede revestir instantáneamente comprendiendo que, en
realidad, nunca ha tenido lugar, ya que solo existe Dios y, por
consiguiente, el yo separado nunca ha sido más que una ilusión. Sin
embargo, para la mayor parte de nosotros, esa situación debe ser
superada gradualmente paso a paso.
En
otras palabras, el cuarto principio de la filosofía perenne afirma que
existe un Camino y que, si lo seguimos hasta el final, terminará
conduciéndonos desde el estado de caída hasta el estado de iluminación,
desde el Samsara hasta el Nirvana, desde el Infierno hasta el
Cielo
TKW: ¿Es la meditación ese Camino?
KW: Bien. Podríamos decir que hay diversos
“caminos” que constituyen lo que estoy llamando genéricamente “ el
Camino” y nuevamente se trata de diferentes estructuras superficiales
que comparten todas ellas la misma estructura profunda. En el hinduísmo,
por ejemplo, se dice que hay cinco grandes caminos o yogas. “Yoga”
significa sencillamente “unión”, la unión del alma con la Divinidad. La
palabra inglesa yoke, la castellana yugo, la hitita yugan, la latina
jugum, la griega zugon y muchas otras proceden de la misma raíz.
En este sentido, cuando Cristo dice: “Mi yugo es
leve”,
está queriendo decir “Mi yoga es
fácil”.
Pero quizá podamos simplificar
todo esto diciendo que todos esos caminos, ya sean hinduístas o
provenientes de cualquier otra tradición de sabiduría, se dividen en dos
grandes caminos.
A este respecto se me ocurre otra cita para
ilustrar este punto. Es de Swami Ramdas: “Hay dos caminos, uno de ellos
consiste en expandir tu ego hasta el infinito y el segundo en reducirlo
a la nada”; el primero es una vía de conocimiento mientras que el
segundo, por el contrario, es una vía devocional. Un Jnani (sabio hindú)
dice: “Yo soy Dios, la Verdad universal”. Un Devoto, por su parte, dice:
“Yo no soy nada ¡Oh Dios! Tú lo eres todo”. En ambos casos desaparece la
sensación de identidad separada”.
La
clave del asunto es que cualquiera de estos dos casos el individuo que
recorre el Camino trasciende o muere al pequeño yo y redescubre, o
resucita, a su Identidad Suprema con el Espíritu universal. Y eso nos
lleva al quinto gran principio de la filosofía perenne, es decir, el del
Renacimiento, la Resurreción o la Iluminación. El pequeño yo debe morir
para que dentro de nuestro ser pueda resucitar el gran Yo.
Las distintas tradiciones describen esa muerte y
nuevo renacimiento con nombres muy diversos. Así, por ejemplo, en el
cristianismo recibe los nombres de Adán – a quien los místicos llaman el
“Hombre Viejo” u “Hombre Externo” y del que se dice que abrió las
puertas del Infierno – y de Jesús- el “Hombre Nuevo” u “Hombre Interno”
que abre las puertas del Paraíso-.En opinión de los místicos, la muerte
y resurrección de Jesús constituye el arquetipo de la muerte del yo
separado y la resurrección a un destino nuevo y eterno dentro de la
corriente de la conciencia, a saber, el Ser Divino o Crístico y su
Ascensión.Como dijo San Agustín:
“Dios se hizo hombre para que el hombre pudiera
hacerse Dios”.
En el cristianismo,
este proceso de retorno desde la condición “humana” a la condición
“Divina”, de la persona externa a la persona interna, se denomina
“Metanoia”, una palabra que significa tanto “arrepentimiento” como
“transformación”. En tal caso, nos arrepentimos del pequeño yo (el ego
individualista) y nos transformamos en el Ser
(o Cristo), de modo que, como afirmaba San Pablo, “no soy
yo sino Cristo quien vive en mí”. De manera similar, el islam denomina
tawbah ( que significa “arrepentimiento”) y también galb (que significa
“transformación”) a esa muerte y resurrección que Al-Bistami resume del
siguiente modo:” Olvidarse de sí es recordar a Dios”.
Tanto en el hinduísmo como en el budismo se describe esta
muerte y resurrección siempre como la muerte del alma individual
(jivatman) y el despertar a esa verdadera naturaleza de la persona que
los hindúes describen metafóricamente como Totalidad del Ser (Brahman) y
los budistas describen como Apertura Pura (Shunyata). El momento en que
tiene lugar esa ruptura o renacimiento se denomina iluminación o
liberación (Moksha o Kaivalya). El Lankavatara Sutra describe la
experiencia de la iluminación como “una transformación completa en la
misma esencia de la conciencia”. Esta “transformación” consiste
simplemente en desactivar la tendencia habitual a crear un yo separado y
substancial donde, de hecho, sólo existe una conciencia clara, abierta y
amplia. El Zen denomina Satori o Kensho a esta transformación o
Metanoia.
“Ken” significa verdadera
naturaleza y “sho” significa “ver directamente”.
Ver directamente nuestra verdadera naturaleza es
convertirse en un Ser totalmente autorrealizado. Y como dijo el Maestro
Ekhart:
“En esta transformación he
descubierto que Dios y yo somos lo mismo”.
TKW: ¿La iluminación se experimenta realmente
como una muerte real o esto no es más que una metáfora?
KW: En realidad esto se refiere a la muerte
del ego individualista.
Los relatos
de esa experiencia, que pueden ser muy dramáticos pero también muy
sencillos y nada espectaculares; afirman claramente que de repente te
despiertas y descubres que, entre otras cosas, y por más extraño que
pueda parecer, tu verdadero ser es todo lo que has estado mirando hasta
ese momento, que literalmente eres uno con todo lo manifestado, uno con
el universo y que, en realidad, no te vuelves uno con Dios y el todo,
sino que entonces tomas conciencia de que eternamente has sido esa
unidad sin haberte percatado antes de ello. Pero junto a ese
sentimiento, junto al descubrimiento del Ser que todo lo impregna, se
experimenta también la sensación muy concreta de que tu pequeño ego ha
muerto, que ha muerto de verdad. El Zen llama al Satori “la Gran
Muerte”.Eckhart era igual de categórico. “El alma-dijo- debe darse a sí
misma”. Coomaraswamy dice: “Solo cuando nuestro ego muere comprendemos
finalmente que no hay nada con lo que podamos identificarnos y entonces
podemos transformarnos realmente en lo que ya somos”.
TKW: ¿Al trascenderse el pequeño ego se descubre
la eternidad?
KW (Larga pausa). Sí, siempre que no consideremos
que la eternidad es un tiempo que no acaba nunca sino un momento sin
tiempo, el presente eterno, el ahora atemporal.
El SER no mora para siempre en el tiempo sino en el
presente atemporal previo al tiempo, previo a la historia, al cambio, a
la sucesión.
El espíritu, el Ser , está
presente en el sentido de ser Pura Presencia, no en el de estar en un
ahora interminable que es una noción más bien espantosa.
En cualquiera de los casos, el sexto gran
principio fundamental de la filosofía perenne afirma que la iluminación
o liberación pone fin al sufrimiento.
Lo
que causa el sufrimiento es el apego y el deseo de nuestra identidad
separada; y lo que pone fin al sufrimiento es el camino meditativo que
trasciende al pequeño yo y al deseo y el apego. El sufrimiento es
inherente a ese nudo o contracción llamado ego y la única forma de
acabar con el sufrimiento es trascender el ego.
No se trata que después de la iluminación, o
después de la práctica espiritual en general, ya no sientas dolor,
angustia, miedo o daño. Todavía sientes eso, si. Lo que simplemente
ocurre es que esos sentimientos ya no amenazan tu existencia y, por
tanto, dejan de constituir un problema para ti. Ya no te identificas con
ellos, ya no los dramatizas, ya no tienen energía, ya no te resultan
amenazadores. Por una parte, ya no hay ningún ego fragmentado que pueda
sentirse amenazado y, por otra, nada puede amenazar a ese gran Yo del
Ser original y auténtico, puesto que, siendo el Todo, no hay nada ajeno
a él que pueda hacerle daño. Esta situación produce una profunda
relajación y distensión del corazón. Por más sufrimiento que experimente
ahora el individuo, su verdadero Yo no se siente amenazado. El
sufrimiento puede presentarse y puede desaparecer, pero ahora la persona
está firmemente asentada y segura en “la paz que sobrepasa el
entendimiento”.
El sabio experimenta el
sufrimiento, pero éste no le hace “daño”.
Y como es consciente del sufrimiento, se siente motivado
por la compasión y el deseo de ayudar a quienes sufren y creen en la
realidad del sufrimiento.
TKW: Lo cual nos lleva al séptimo punto, la
motivación del iluminado.
KW: Si. Se dice que la verdadera
iluminación deriva en una acción social inspirada por la misericordia y
la compasión, en un intento de ayudar a todos los seres humanos a
alcanzar la Liberación Suprema. La actividad iluminada no es más que un
servicio desinteresado. Como todos somos uno en el mismo Ser, entonces,
al servir a los demás estoy sirviendo a mi propio
Ser.