YOGA Y EL ENCUENTRO CON EL SI-MISMO por Irma Palmieri
e-mail: irpalmieri@yahoo.com.arProfesorado de Yoga - Yoga Kai 2008
Introducción
Si bien los avances logrados por la ciencia, la medicina y la psicología a lo largo de muchos siglos han sido enormes, nadie puede marcar un límite entre cuerpo y mente o entre mente y alma. No pueden ser separados. Donde hay mente, hay cuerpo; donde hay cuerpo, hay alma; donde hay alma, hay mente.Nuestra experiencia diaria presenta, empero, una gran separación entre los tres. Cuando nos hallamos ocupados en una actividad mental, ya no somos conscientes del cuerpo. Cuando nos ocupamos del cuerpo, perdemos de vista el alma.
Nuestro mundo interior es una frenética colmena de actividad con los mismos pensamientos que se repiten interminablemente. Es un zumbar omnipresente de diálogo interno. Esos pensamientos incluyen todas las creencias sobre todo lo imaginable. No hay límites: la familia, las relaciones, el sexo, la política, la historia, el entorno, los delincuentes, la economía, fechas límite, salud, hijos, citas, listas de compra, jubilación, vacaciones, violencia en el mundo, conflictos en el trabajo, el libro que estamos leyendo, el tráfico, las reparaciones del coche, de la casa, Dios, todo.
O sea que, la superficie de la mente es el lugar en el que advertimos todas las agitaciones, multitudes de pensamientos se abaten de forma constante, quedando así por entero poblada de pensamientos relativos a la vida externa.
Justo por debajo de la superficie, la actividad se encuentra ahora más concentrada en el análisis constante. Esta es la actividad mental a la que estamos dedicados cuando, de modo automático, nos hacemos silenciosos comentarios sobre todas las personas y cosas.
Muy por debajo de la superficie, uno aprende a controlar los pensamientos que entran y salen. Este nivel se acerca más a nuestra naturaleza espiritual. Uno acepta que las personas son únicas. Nos encontramos en un nivel más profundo de la conciencia. Se siente el fluir Divino a través de todo y todos. Uno se siente más en paz. Nos entregamos al hecho de no entender y comenzamos a experimentar la Iluminación. Sabemos que Dios está dentro y fuera de nosotros.
Más profundo aún, uno empieza a bloquear los pensamientos y es Uno con la conciencia. Se experimenta el júbilo de acallar el diálogo interior. El júbilo es una señal de la presencia de Dios.
El yoga es un modo de dirigirse hacia la integración; pero ¿de dónde proviene nuestro estado inicial de disgregación? Proviene de las aflicciones de la vida: falta de conocimiento, falta de comprensión, orgullo, apego, odio, malicia, celos. Éstas son las causas que nos afligen y nos traen enfermedades físicas, mentales y espirituales.
Se dice que Patanjali nos dio la gramática para usar las palabras correctas, la medicina para mantener sano el cuerpo, y el yoga para mantener la mente en equilibrio y en paz. Al comienzo mismo de los Yoga Sutras se nos dice: “Aquietad vuestra mente”!
Los Yoga Sutras comienzan con la raíz misma de la mente y la inteligencia: la consciencia o chitta.
En el primer capítulo, llamado Samadhi Pada, Patañjali analiza los movimientos y el comportamiento de la mente. Patañjali afirma que cuando la mente no está en calma, cuando divaga, cuando se ve atraída hacia los objetos externos, el sí mismo va detrás de la mente y, puesto que sigue a la mente, no puede descansar en su morada. En el segundo capítulo, llamado Sadhana Pada, el capítulo sobre la práctica, empieza tratando las kle´sas, las aflicciones del cuerpo que causan los movimientos de la mente o esquemas de comportamiento de cada individuo.
En el tercer capítulo, llamado Vibhuti Pada, el capítulo sobrel los logros, Patánjali describe los resultados del yoga y establece qué efectos, propiedades o dones pueden obtenerse a través de la práctica del yoga. Nos previene sin embargo contra el riesgo de quedar atrapados en dichos efectos, pensando que con ellos nuestro viaje espiritual ha alcanzado su meta. En lugar de eso, debemos continuar con nuestra práctica para que la inteligencia de la conciencia y la inteligencia del alma lleguen a estar igualmente equilibradas. Cuando eso ocurre, alcanzamos el estado más elevado de sabiduría, donde la persona existe en completa integración. Ese estado se denomina kaivalya, y así el cuarto capítulo de patánjali se llama Kaivalya Pada, de la liberación absoluta.
Se entiende entonces que para Patánjali, el viaje del yoga transcurre desde la fluctuación hasta la quietud, de la quietud al silencio y del silencio a la visión del alma. Cuando el alma es liberada de las ataduras del cuerpo, mente, poder y orgullo ante el éxito, alcanza el estado que se conoce por Kaivalya o Soledad, en el cual cuerpo y mente se hallan como en cuarentena y el Alma es libre. Este es el estado descripto en su cuarto capítulo, “La liberación Absoluta”.
De este modo, los Yoga Sutras hablan de la mente en el primer capítulo y del cuerpo en el segundo y nos recuerdan en los capítulos tercero y cuarto que nuestro objetivo final en yoga debe ser llegar hasta el alma.
El yogui sabe que tiene un cerebro que va desde la planta del pié hasta la cumbre de la cabeza. Una persona intelectual piensa que existe únicamente en la cabeza y en ningún otro lugar. La liberación de la tensión del cerebro aporta relajación a los nervios.
B.K.S Iyengar afirma que el desarrollo espiritual del ser humano también puede compararse con el crecimiento de un árbol, desde la semilla hasta la completa madurez.
La semilla del ser humano es el alma, dentro de la cual se halla oculta la esencia de nuestro ser.
El órgano de la virtud, es la conciencia. Este germen o brote del alma aporta la percepción primera.
A la semilla así abierta le crece un tallo, la conciencia. Luego, ese único tallo que sale de la semilla se divide en varias ramas. Una rama es el sí-mismo menor, otra es el ego.
A medida que se desarrolla la conciencia, ésta se desgaja en varias ramas. Una rama es el ego, otra es la inteligencia, otra es la mente.
Continúa el árbol su crecimiento y nuevas ramas emergen, los órganos de acción y los sentidos de percepción que entran en contacto con el mundo exterior y crean ondas de pensamiento, fluctuaciones, deliberaciones, modificaciones.
El sí mismo individual, la inteligencia individual y la mente entran en contacto con el mundo exterior, reuniendo información que realimenta a las ramas, al tallo principal o tronco de la conciencia y a la semilla del alma. Este es un proceso natural en cada individuo. Si las hojas no realizan ningún tipo de movimiento, quiere decir que no hay intercambio con el aire con lo que las hojas se marchitan y el árbol se seca. Nuestros órganos de percepción y de acción están concebidos para el cultivo del cuerpo interior.
Por desgracia solemos olvidar el cuerpo interno, preocupándonos únicamente del cuerpo externo, pues sólo vemos el mundo de fuera y no lo que pasa dentro.Nuestros órganos de acción y percepción están ahí para adquirir conocimiento y comprensión y para cultivar la inteligencia y el ego, alimentando de ese modo el sí mismo y la semilla original, el alma, que es la causa que contiene la esencia del todo.
El cerebro se halla en la parte alta del cuerpo humano, al igual que el fruto se halla en lo alto del árbol. En el yoga hemos de hacer que el cerebro, la mente y la conciencia se tornen objetos. No lo hacemos para negarlos, sino para cultivarlos. Generalmente perdemos contacto con el resto de nuestro cuerpo, porque estamos demasiado en la cabeza.
La persona de intelecto maduro intenta vivir en el momento sin verse atrapado en el movimiento de los pensamientos que nacen y se desvanecen. El movimiento es el pasado y el futuro; el momento es el presente. Se debe cultivar la mente, inteligencia y conciencia para vivir en el momento, y a medida que cada momento avanza hacia el siguiente, ir con el momento, pero no con el movimiento.
A todos nos han enseñado a mirar al exterior en busca de sustento: mirar más allá de nosotros mismos en busca de fuerza, amor, prosperidad, salud, felicidad y satisfacción espiritual. Cuando logramos invertir la dirección de nuestros ojos de fuera hacia dentro, encontramos una energía que habíamos percibido pero no identificado.
En los seres humanos palpita una energía divina. El poder de esta energía impregna todo nuestro ser y nos permite realizar todas las funciones del vasto repertorio de los pensamientos y conductas humanas.
Cuando se experimenta esa luz interna, añade a la vida una brillantez que no se parece a nada que puedan describir palabras. Cuando uno descubre su Yo más sublime, experimenta esa energía interior y permite que guíe su vida, el adjetivo más corriente para describir esta fuerza interna es “espiritual”.
Al hablar de espiritualidad me refiero al desarrollo de las cualidades divinas de amor, perdón, bondad y éxtasis que tenemos dentro. La espiritualidad no es cuestión de dogmas ni de reglas; es luz, júbilo y concentración en la experiencia del amor y transmitir esas cualidades al exterior.
La vida debe vivirse como conexión, no como separación. En lugar de verse como algo distinto de Dios y del Universo, el aspecto eterno de nuestro Yo podrá entonces influir en nuestra vida, sintiendo su conexión con nosotros mismos y con toda la existencia.
Nuestro entorno socio cultural tiende a estar de acuerdo con el ego, en que hay personas especiales y situaciones especiales.
La idea de lo especial niega la perfecta igualdad de la creación.
El apego a la idea de que uno es especial, crea enormes impedimentos para despertar a la verdadera identidad. Cultiva el miedo y el resentimiento e impide conocer el amor incondicional.
Descubrir el Yo espiritual, es abandonar cualquier apego que tengamos a la idea de que se es especial.
Esos apegos, simbolizan lo que uno ha llegado a considerar como éxito. El ego alienta el acumular, creyendo que así aumentará la felicidad.
Dos personas viven en nosotros durante toda nuestra existencia. El ego, charlatán, exigente, histérico, calculador; y el Ser espiritual oculto, cuya queda y sabia voz oimos o atendemos sólo en raras ocaciones.
Este guía sabio somos Nosotros, no la idea que tenemos de nosotros mismos. Pensemos en ese guía interior como nuestro verdadero Yo y escuchémosle. En lugar de prestar atención al discurso del ego. Oiremos inspirados mensajes de sabiduría.
Si no tenemos una profunda y rica percepción de nosotros mismos y de nuestro propósito en el aquí y ahora, el probable que se deba a que creemos que somos nuestro ego.
El ego es nuestro Yo falso. Estamos más acostumbrados a pensar que somos un cuerpo con un alma, que a darnos cuenta que somos un Alma con un Cuerpo.
El ego nos quiere aislados. Ve la vida como una competición. La competencia aumenta la sensación de estar aislado de los demás y fomenta la ansiedad por lo que hace nuestro lugar en el mundo. La necesidad de demostrar mejor aspecto, conseguir más cosas, juzgar a los demás y encontrar defectos, son todos síntomas de la creencia errónea de que estamos desconectados y solos. Pasamos muchísimo tiempo creyendo que somos mejores que otros.
El Sí Mismo conoce la verdad. Esa divina esencia sabe que en el núcleo de su ser hay un espíritu divino, bañado por la luz del amor y el gozo.
Cuando se deja de perseguir lo que no se puede obtener en el exterior, infunde sentido a su vida y se sume en la placidez.
Toda la violencia humana es un reflejo de la creencia de que somos seres aislados. Si supiéramos que somos todos uno y que Dios está dentro de nosotros, sabríamos que cualquier daño infligido a otra persona es una violación de Dios,
La auténtica felicidad no puede comprarse ni hallarse fuera de uno mismo. No se halla esa esquiva meta en el dinero, la fama, el prestigio ni en las posesiones.
La auténtica felicidad consiste en saber quienes somos, por qué estamos aquí, cuál es nuestro propósito en la vida.
Muchísimos de nosotros hemos crecido en la creencia de que somos el cuerpo que nos alberga, el trabajo que realizamos y la religión que practicamos. Nuestras vidas participan de las realidades exteriores, al mismo tiempo que vemos que siempre cambian. Pero hay un Yo interno que nunca cambia, sino que se encuentra inmerso en un mundo cambiante.
Nuestra alma interior sabe que somos eternos. El Sí espiritual nunca nació, siempre estuvo, por lo tanto, nunca morirá. Lo que ha nacido morirá, lo que nunca ha nacido nunca puede morir.
Los pensamientos llegan y se marchan, es una repetitiva interacción de creencias. Estas creencias acarrean en sí las dudas porque se obtienen de otras personas. Por lo tanto ese diálogo interior refuerza la duda. Duda respecto de uno mismo, de la capacidad para crear milagros, para curarse, para alcanzar prosperidad y, finalmente, duda sobre la capacidad para conocer el júbilo de la paz interior.
“Deja de hablar, deja de pensar, y no habrá nada que no puedas entender. Regresa a la raíz y hallarás significado. Mira el interior y en un destello conquistarás lo aparente y la nada” Seng T¨Sang.
El ego es una disposición del pensamiento errónea que intenta presentarnos como nos gustaría ser en lugar de como somos.
El ego quiere que busquemos su interior en el exterior. La ilusión externa es la principal preocupación del ego. La misión de nuestro Yo Superior es reflejar la realidad interna y no la ilusión exterior.
En cuanto el objeto y el sujeto se unen, no hay objeto, no hay sujeto: Hay alma, está la semilla.
Patañjali afirma que cuando la mente se calma, el Sí-mismo descansa en su morada.
La mente no cultivada fluctúa a causa de hábitos de comportamiento, así que Patañjali presenta métodos de concentración en el Espíritu Universal de Dios, la respiración.
Cuando el cerebro cultivado se acalla, sucede un estado de bienaventuranza, y en esa bienaventuranza el practicante experimenta el núcleo del ser.
Todas las infinitas formas del mundo, no son más que emanaciones de nuestra propia existencia, nos reflejamos en todas partes y es nuestro propio reflejo el que pasa ante nuestros ojos.
El yogui diferencia entre las incertezas vacilantes de los procesos de pensamiento y la compresión del Sí-mismo, que es inmutable. Lleva a cabo su trabajo en el mundo como un testigo, desapegado e inafectado. Su mente refleja su propia mente, sin distorsiones. En ese punto, llega a su fin toda especulación y deliberación, y se experimenta la liberación. El yogui vive en la experiencia de la sabiduría, inalterado por las emociones de deseo, cólera, avaricia, pasión ciega, orgullo y malicia. Esta sabiduría madura es genuina, portadora de verdad. Lleva al sadhaka hacia una perfección consciente virtuosa, que le proporciona un aluvión de conocimiento y sabiduría. Se sumerge en kaivalya, la perenne llama ardiente del alma, iluminando la divinidad no sólo en sí mismo, sino también en quienes entran en contacto con él.
El progresivo refinamiento de la inteligencia es esencial en la búsqueda de la libertad. Al igual que un citta totalmente puro y libre de todo enredo sensorial gravita hacia atman, de igual manera, una vez que la inteligencia ha alcanzado el más elevado conocimiento de la naturaleza, es atraído interiormente hacia el alma.
Los obstáculos de una vida saludable y realización del Sí-mismo son: la enfermedad, la indolencia de cuerpo y mente, la duda o escepticismo, la dejadez, la pereza, la incapacidad de evitar los deseos y su gratificación, las falsas concepciones y la incapacidad de comprender, no ser capaz de concentrarse en lo que se lleva a cabo y avanzar, y la imposibilidad de mantener la concentración y continuidad en la práctica una vez alcanzadas. Todo ello se ve agravado por las aflicciones, ansiedades o frustraciones, falta de firmeza corporal y una respiración trabajosa o irregular.
Intuir lo que verdaderamente somos, es comprometernos integramente en la realización de eso que somos en todos los seres.
Patánjali en los Yoga Sutras, aconseja al practicante observar los reflejos de sus pensamientos, de su mente, de su conciencia y de sus acciones para poder corregirse a sí-mismo.
La naturaleza está siempre dispuesta a ser complaciente, o a mostrarse incapaz dependiendo de nuestros actos.
Cuando hemos superado nuestros defectos intelectuales y emocionales, los dones de la naturaleza nos sirven para la realización del alma. Esta auténtica realización del Sí-mismo es la cima del desarrollo de la inteligencia. Debe ser mantenida, mediante una atención ininterrumpida de pensamiento, palabra y obra. Entonces todos los pesares y odios desaparecen y una paz eterna y sin impurezas desciende sobre el Sí.
En Vibhuti Pada, Patañjali muestra al sadhaka en primer lugar la necesidad de integrar inteligencia, ego y principio del “yo”. A continuación le guía por las disciplinas sutiles: concentración (dharana), meditación (dhyana) y absorción total (sa-madhi). Con la ayuda de éstas se subliman la inteligencia, el ego y el principio del “yo”. Ello conduce a la realización del Sí-mismo.
Meditar en Dios repitiendo Aum aparta todos los obstáculos que impiden alcanzar la maestría del Sí –mismo interior.
La repetición del mantra con sentimiento y compresión de su significado, conduce al descubrimiento del Sí-mismo, y ayuda a apartar los impedimentos a la realización del Sí-mismo. Cuando la experiencia, los instrumentos de experimentación y el objeto experimentados están entrelazados, el alma se manifiesta a sí misma sin la intervención de impedimento alguno
La práctica es el aspecto positivo y el camino de evolución del yoga. Dicha práctica está implícita en los ocho miembros del yoga y es el avance hacia el descubrimiento del Sí-mismo, e implica yama, niyama, asana y pranayama. El camino involutivo de renuncia implica pratyahara, dharana, dhyana y samadhi. Este periplo interior desapega la consciencia de los objetos externos.
O sea que en el yoga, los órganos de acción y los sentidos de percepción ayudan al buscador a purificar las envolturas anatómica y fisiológica mediante yama y niyama.
Asana, pranayama y pratyahara limpian la envoltura intelectual.
Samadhi saca al que ve a través de las puertas de la prisión de todas las envolturas, para experimentar libertad, beatitud, y alcanzar finalmente el encuentro con el Sí-mismo.
La auténtica libertad es la de saber quienes somos, por qué estamos aquí cuál es nuestro propósito en la vida y a donde vamos cuando nos marchamos de aquí. Es saber que nuestra identidad no se halla en el mundo físico, sino en el mundo eterno, inmutable, de Dios.
Esto se logra con la búsqueda y el trabajo constante, expulsando las emociones de miedo y culpabilidad y reemplazándolas por sentimientos de amor, perdón y bondad, purificando los pensamientos, purificando las emociones y purificando el comportamiento.
Cuando se conoce íntimamente el Yo Superior, uno tiene a su disposición una profunda sensación de amor, no hay nada que temer, uno sabe que es una criatura divina, está completo y no tiene que hacer nada para demostrarlo.
Bibliografía:
“El árbol del Yoga” B:K:S. Iyengar
“Luz sobre los Yoga Sutras de Patañjali” B:K:S: Iyengar
“La conciencia sin fronteras” Ken Wilber
“Tu yo sagrado” Wayne W Dyer
“La inteligencia emocional” Daniel Goleman
Protegido por Derechos Autorales
Copyright 2009 de Irma Palmieri
Serrano Nº
1518 P.B. / Tel: 4831- 4863
Palermo, Capital
Federal, Argentina